


Entre la primera y la tercera fotografía hay aproximadamente un minuto y medio de diferencia. Con ese tiempo y por más romántico que se vea el atardecer, no habría tiempo ni para enamorarse. Solamente alcanza para que el ojo y el cerebro asimilen lo que está pasando, luego de que el cuerpo se vea atraído por la fuerza de la desaparición que está presenciando.